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Las consecuencias de la guerra, y en especial de la Segunda Guerra Mundial, comúnmente son representadas con cuadros en los que la muerte es la protagonista. Las víctimas mortales de estos conflictos bélicos inundan las pantallas y sirven como bandera para la crítica de estos eventos desoladores. Pocas son las propuestas que se arriesgan a mostrar los estragos que la guerra causó en aquellos que sobrevivieron y tienen que enfrentarse a una vida en que la desolación y el trauma siempre están presentes.

En su segundo largometraje, el cineasta ruso Kantemir Balagov apuesta por un retrato de la posguerra centrado en el intento de reconstrucción de una vida perdida que buscan dos mujeres excombatientes. El silencio se adueña de la pantalla para expresar la desolación e incertidumbre que experimentan día con día Dylda y Masha, dos amigas que lucharon en Leningrado contra el ejército nazi. La frenética búsqueda de establecer un contacto humano real de Masha, compite contra el deseo de soledad y olvido que busca Dylda, la protagonista

Dylda es una enfermera que padece lapsos de parálisis a consecuencia de la guerra. Este padecimiento la orillará a matar accidentalmente al hijo de su amiga Masha. Cuando Masha se entera de esto, buscará establecer un vínculo amoroso con un joven imberbe e intentará concebir un nuevo hijo a través del vientre de Dylda. 

El estruendo de una guerra cuyas cicatrices se encuentran abiertas, son sustituidos por largos silencios que trazan magníficamente el vacío que sienten los personajes del filme. Los planos estáticos hacen las veces de pinturas en donde el ascetismo reina y que logran mostrar las consecuencias que el conflicto bélico tuvo en la clase media y baja rusa.

El Leningrado que muestra la excelente fotografía del filme, acentúa la austeridad de unas vidas que no encuentran cabida en un mundo posbélico y en el que los recuerdos de un pasado violento las mantiene anquilosadas. La pertinencia de la vida es puesta en duda por esta película a través de los heridos de guerra que libran una batalla entre la vida y la muerte que desean perder.

La paleta de colores ocres que predomina en la cinta es fiel reflejo de la psicología de los dos personajes femeninos que deambulan por las calles de Leningrado en busca de un propósito que vaya más allá del mero hecho de sobrevivir. Unas pinceladas de verde que resaltan en la pantalla hacen eco de las pocas, pero significativas, esperanzas que tienen las protagonistas para acceder a una vida plena. Así, el uso de un vestido verde le devuelve, efímeramente, la feminidad perdida a una Masha que busca reconstruir su vida a través de la creación de un ser ajeno al pasado bélico que ella padeció.

Beanpole: una gran mujer está plagada de escenas en las que se busca que el silencio hable y en donde se explora el estado psicológico de dos mujeres que no pueden dejar atrás el frente de guerra. Justo estas escenas silenciosas que se reiteran a lo largo de la película la condenan a un ritmo lento y pausado que puede ser difícil de digerir, pero que no por ello diluye las emociones expresadas por las miradas y los silencios de Dylda y Masha.

   
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