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Abordar narrativas sobre las personas trabajadoras de servicio es fundamental, sobre todo por la precarización y la falta de derechos laborales de este sector en la población. Las personas que limpian suelen tener una constante particular de opresiones: de clase, raza y género. Por lo tanto, es crucial evitar la romantización o el exceso de drama al momento de narrarlas, para dignificar las vivencias y crear incomodidades que rebasen el morbo televisivo acostumbrado.

Además de Roma (2018), que narra la historia de Cleo –Yalitza Aparicio-, una sirvienta de una familia de clase media, que incluso fuera de la ficción creó un revuelo de clasismo y racismo, es interesante analizar producciones audiovisuales que han puesto al centro a las personas que dedican una vida a servir a los demás por falta de oportunidades y brechas socialmente impuestas. 

En entrevista telefónica con Roberto Wohlmuth, uno de los asesinos (Ramiro) de La muchacha que limpia , afirma que siempre le ha tocado interpretar a antagonistas en las series y considera que aunque son necesarios ese tipo de papeles también le gustaría interpretar a personajes que provoquen más empatía en el público. Además, afirma que se siente identificado con la reciente campaña “Poder prieto” sobre el racismo en las pantallas mexicanas.

Me parece interesante hacer un contraste entre las dos producciones del título porque abordan temas similares de manera opuesta. Más allá de los intereses a los que sirve cada producción, considero importante generar un diálogo entre ambas por su indagación común sobre la vida de las personas de limpieza.

Formas de narrar un mismo tema

La muchacha que limpia (2021), recién estrenada por la plataforma HBO Max, es una serie mexicana adaptada de la versión argentina y dirigida por el colombiano Felipe Martínez Amador y el español Albert Uria. La serie desarrolla un cúmulo de temas y voces a partir de uno central que da título a la serie: Rosa –Damayanti Quintanar– es una mujer con doble jornada laboral (en una bodega de químicos y de limpieza en una mansión) porque debe conseguir dinero para la cirugía de su hijo enfermo.

Por distintas circunstancias Rosa es reclutada para limpiar escenas de crimen de feminicidios, mismos que se retratan con mucha naturalidad y con exceso de recursos dramáticos, por lo tanto, la estilización de las violencias en pantalla (como sucede en los periódicos amarillistas) puede opacar la sensibilidad que pretende generar. 

Aunque es verdad que pone muchos temas recientes y latentes sobre la mesa como: feminicidios, explotación sexual, violadores libres, abuso de poder, clasismo exacerbado, entre otros, en algunas situaciones carece de veracidad, por ejemplo, una dupla de detectives que trabaja incansablemente por resolver desapariciones sin ninguna traba corrupta/burocrática en el camino, o un maquillaje al sistema punitivista en el país: una cárcel de mujeres en la que sexualizan a las reclusas de ropa limpia y de celdas impecables, sin complejizar la situación de los penales fuera del cliché.

Roberto Uscanga y Roberto Wohlmuth

A lo largo de los 8 capítulos igual se aborda “el privilegio de enfermarse” de manera muy interesante, pues como Rosa no tenía seguro médico por ser una trabajadora doméstica sin acceso a derechos laborales, la enfermedad crónica de su hijo sólo podía ser tratada en hospitales privados y a merced de distintas fundaciones. Asimismo, reafirma la lamentable situación de las cárceles mexicanas: solo lxs pobres están tras las rejas, culpables o no.

Por otro lado, recién estrenado en la plataforma Mubi, el primer largometraje de ficción del mexicano-salvadoreño José Luis Valle, Workers (2013), se sitúa en Tijuana y narra las vidas paralelas de dos personajes: Rafael, un trabajador de limpieza de la fábrica de focos Phillips y de Lidia, una trabajadora doméstica cuyos cuidados radican en atender a una señora millonaria convaleciente y a Princesa, su perra galga.

La película pone especial atención al silencio que implica la existencia ajena de las personas del aseo en casas en las que pasan la mayor parte de su vida aunque no son suyas, por lo tanto, el limbo en el que se encuentran es retratado entre silencios o susurros ante “lxs patrones” y complicidades entre ellxs.

Por otro lado, pone a la luz el tema de la jubilación, que cada vez es más lejano para cualquier persona de las generaciones más jóvenes (o no tanto), y que los trámites burocráticos siempre serán un gran recurso patronal para evitar la fluidez de derechos laborales.

La simetría de las tomas recuerda a toda la chamba que implica dedicar una vida a poner en orden la suciedad, asimismo, la falta de aire en las tomas asemeja a un mural cinético de la vida cotidiana. Además, afirma José Luis Valle en distintas entrevistas, que él considera al paisaje como un personaje en sí mismo, por lo tanto, respetar el ritmo de las calles o de los lugares es vital para su inclusión a cuadro.

Las pequeñas e íntimas acciones subversivas de los protagonistas resultan un respiro y una manifestación para poner en el centro su deseo y autocuidado después de tantos años de olvido. La película situada en Tijuana, me recuerda a un fragmento de la poeta y teórica Sayak Valencia en su libro Capitalismo Gore: El primer y el tercer mundo. La frontera. El infierno. La otra parte del otro lado. El Este lado del Otro lado. El mundo feliz del desengaño. This is Tijuana. El límite, el perímetro. El filo del mundo. El/la/lo que arrastra tras de sí. La orilla que lame y termina a la cultura del hombre blanco, clase media y civilizado. La bomba de tiempo que nos detona. El garage de San Diego…

Las producciones audiovisuales de ficción más allá de “dar voz a quien no la tiene”, tienen la capacidad de generar un eco de memoria y dignificación de esas voces que sí existen pero que son ignoradas rotundamente. La intención de contrastar ambas producciones es analizar lo que consumimos y desde dónde, y para qué.

   
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