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Tratar de definir Annette en una frase es muy complejo y puede llegar a ser tan perturbador como la película en sí. La frase que más se acerca a este intento de redefinir el musical es “un salto al abismo”. Y es que el (anti) musical de Leos Carax, que lo hizo acreedor al premio de Mejor Director en el Festival de Cannes, es un ejercicio ecléctico, arriesgado, pretencioso y poderoso que puede ser amado y a la vez odiado, por la osadía que se toma el director al retratar el lado más oscuro y repugnante de la vida del espectáculo, todo ello a través de canciones que tienen el potencial de ser icónicas, pero a veces se limitan a ser un mero pleonasmo.

Annette es un musical onírico que presenta imágenes sumamente bellas, alucinantes y poéticas que, a la vez, son anuladas por diálogos reiterativos que convierten a la película en un mar denso difícil de navegar. La cinta se mueve gracias a la palabra, sea ésta hablada o escrita, que anticipa los eventos a suceder en la trama, restándole así fuerza a una imagen que se vale de su magnificencia para reclamar su lugar.

Este musical trata sobre la relación entre Henry (Adam Driver), un comediante de stand up irreverente y provocador, y Ann (Marion Cotillard), una cantante de ópera con un talento envidiable y una carrera exitosa. Su idílico amor se ve fragmentado ante el nacimiento de su hija Annette, que marca el inicio del descenso de una relación amorosa destinada a perecer. Eventualmente, Henry descubre que su bebé tiene un talento nato para el canto y a su corta edad la lanza a los escenarios tratando de rescatar su carrera que ha sido condenada al olvido. 

La película es una reinvención del musical, se aleja de la estructura común y evita el lugar común para impactar a un público, para quien la lectura de la cinta puede ser compleja debido al uso de imágenes oníricas que rompen la trama, pero que hipnotizan y encantan por su belleza y lo cuidado de la puesta en escena. Esta negación de los cánones del género se aprecia desde el inicio del musical, cuando el público es interpelado directamente y se le dan instrucciones para digerir la historia que va a presenciar.

Es constante la ruptura de la cuarta pared durante el filme, Henry le habla directamente al público, lo confronta, lo culpa y lo manipula a su antojo. La ficción se rompe en los monólogos de este comediante que enfrenta tanto al público que está dentro de la pantalla, como aquel que presencia el acto a través de ésta. Leos Carax hace responsable al espectador de lo que está observando y le impide escapar de una historia que con el paso de los minutos pasa de lo romántico a lo perturbador.

Son muchos los temas que toca la película, lo que impide que ésta profundice en alguno de ellos y que, por ocasiones, parezca perder el rumbo y naufragar en una trama que se vuelve pesada. Uno de estos temas que resaltan es la presentación del artista como objeto de consumo, pero visto a través de los ojos del propio artista que se sabe objeto, está harto de ello, pero cuyo ego lo hace dependiente del aplauso. Se sabe necesitado por el público, pero a la vez necesita a ese público al que aborrece.

Otro de los temas que reluce es la usurpación de la infancia que padecen los niños dedicados al espectáculo y que se limitan a ser títeres de unos padres codiciosos, un público obsceno y un sistema indiferente. Este hecho es evidenciado con la representación literal de Annette como una marioneta, esta niña nace siendo un títere y durante toda la cinta su crecimiento le impide dejar de ser un muñeco al servicio de su padre. La niña se vuelve “real” cuando toma conciencia del abuso al que ha estado sometida y se niega a ser partícipe de ese esclavismo sistémico.

La violencia contra la mujer y el machismo imperante en el mundo del espectáculo son tratados someramente durante la trama, pero se mantiene perenne en el desarrollo de la misma, aunque maquillado con las prepotentes y suntuosas escenas musicales que, en ocasiones, no terminan por amalgamarse en la cinta. Esto genera un empantanamiento, alarga la película innecesariamente y rompe abruptamente con la atmósfera previamente construida para, finalmente, desconectar al espectador.

Annette es una cinta provocadora que puede ser una dulce sorpresa para unos e indigestársele a otros, pero que de ninguna forma puede pasar desapercibida. Leos Carax muestra un musical pretencioso edificado con imágenes ensoñadoras y un soundtrack ecléctico que navega entre lo sublime y lo ocioso, para narrar una historia poderosa que se diluye ante lo barroco de escenas cargadas de belleza de las que, sin embargo, se pueden prescindir.

 

   
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