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I. Dos Elenas, tres Claras

Prender una vela a la memoria de Elena Garro cada 11, 22 o el día de tu preferencia, es prender una vela a los recuerdos, a la memoria y al tiempo. Su fascinación por transformar la forma convencional y cuerda de medir el tiempo nos sugiere pensar en el despliegue de ella misma y de las formas temporales de habitarse.

Elena Garro, mujer blanca con privilegios de clase, nace en 1916 en Puebla. Su infancia transcurre bajo un hogar sólido y afirma que sus mejores recuerdos tal vez vengan de ese lugar en Iguala, Guerrero, donde se crió. Antes de ser dramaturga y escritora, Elena era bailarina y coreógrafa que pretendía vivir el arte a través del movimiento corporal. No obstante, apenas con 21 años, se casa con el bien conocido nobel de literatura mexicana y suelta su experiencia dancística para volar con él a su primera parada internacional: Nueva York, la cuna de la modernidad, que ante sus ojos resultó una experiencia tan apabullante como magnífica.

No es posible hablar de Elena Garro sin hablar de Elena Paz Garro y su relación con el teatro. La relación de ambas Elenas resultó en una simbiosis parental que resultaba más bien una extensión mediadora entre ella y Paz. Gracias a la intervención rebelde de su hija, Elena dejó de quemar sus escritos a petición de Paz, quién sugería que el talento de su pareja opacaría su carrera solemne y subsidiada por el gobierno.

Al regresar a México, tras terminar de forjar su estilo narrativo con los surrealistas en Francia, Elena comenzó a escribir piezas teatrales. Particularmente, La señora en su balcón (1959), resulta un acercamiento muy interesante a la forma en que Elena moldearía el tiempo en su narrativa. La obra trata sobre la vida de Clara, una mujer obstinada que por esperar los frutos del amor romántico se queda en su balcón, viendo pasar las vidas ajenas mientras contempla y trata de entender su, ¿pasado?

Clara recuerda, recuerda y recuerda, su infancia primero, luego su adolescencia, cuando creyó la idea de que los hombres salvarían su vida sin peligro aparente; y después su vejez. Las Claras de distintas edades que la habitan generan entre sí un diálogo atemporal para entenderse, para intentar reconocer el proceso que la(s) orilló a una vida a través del balcón.

Su forma, involuntaria tal vez, de desdoblarse en tantas Elenas y Claras, nos habla de un espejo interminable y cambiante, disolviendo en rostros, un tiempo encapsulado en números.

II. No dejes que los segundos sigan corriendo

Martín Moncada, el personaje hipersensitivo y de percepciones surreales de Los recuerdos del porvenir (1963), su primera novela, tiene una rutina en la que, a las nueve de la noche en punto, le pide a Félix, su sirviente, que quite el péndulo del reloj para que el tiempo deje de correr, de perseguirlo.

“Sin el tictac, la habitación y sus ocupantes entraron en un tiempo nuevo y melancólico donde los gestos y las voces se movían en el pasado. Doña Ana, su marido, los jóvenes y Félix se convirtieron en recuerdos de sí mismos, sin futuro, perdidos en una luz amarilla e individual que los separaba de la realidad para volverlos solo personajes de la memoria”.

Esa actividad tan peculiar de Martín Moncada pertenecía en realidad al padre de Elena, agobiado también por el tiempo y por el constante recordatorio de su pasar. Tal vez, a partir de su percepción infantil, el tiempo dejó de correr de la misma manera para ella y para la configuración de su mundo.

Los recuerdos del porvenir (1963), fue una novela que se salvó del fuego gracias a la otra Elena, pues como ya comenté, sus creaciones se reducían a cenizas por atender la masculinidad frágil de su compañero. Tras publicarse, la novela ganó el premio más importante para la narrativa de aquel entonces, el Xavier Villaurrutia, mismo que obtuvo Josefina Vicens 5 años antes por El libro vacío

En la más reciente edición de Alfaguara, se incluyen breves análisis y reflexiones de autoras contemporáneas (Gabriela Cabezón Cámara, Isabel Mellado, Lara Moreno, Gguadalupe Nettel y Carolina Sanín) en torno al texto para entender la forma particular de cada una al reconfigurar la percepción de su lectura, así como la vigencia temática y sensorial de la novela en nuestros días.

Cinco años más tarde de la publicación de la novela, en el movimiento estudiantil de 1968, Elena fue víctima de un ataque mediático en el que la acusaban de espía del gobierno entre lxs jóvenes. Días antes del 2 de octubre, Elena recibió una llamada de amenaza de muerte y se refugió en la casa de huéspedes de María Collado, y a partir de ese momento, las dos Elenas tuvieron que habitar México en la clandestinidad, para después exiliarse más de dos décadas en el extranjero.

Años después, Elena es invitada de regreso a México en 1993 para un homenaje en Aguascalientes por su obra teatral, al principio se negó, pero después, una especie de contradicción sentimental la orilló a regresar con la falsa promesa de una casa y trabajo. 

III. El revés de las cosas

En la entrevista con José Antonio Cordero, Elena afirma que le interesó desde muy temprana edad el mundo oculto y en el revés de las cosas, en un intento constante de conocer la imperfección de aquello que se consideraba perfecto. De niña, cuando aún no podía aprender a escribir y leer, cuenta que no lograba poner atención a la monja que les enseñaba los garabatos por contemplar las partículas flotantes de polvo que se hacían visibles con los rayos del sol, creía que en esos puntos vivía gente minúscula.

Su necesidad por oscilar entre la realidad y la magia, la dotaron de las herramientas para ser considerada la pionera del realismo mágico, “título” que rechazó por considerar al boom latinoamericano como una estrategia de marketing internacional mientras las dictaduras sucedían.

Elena Garro resulta tal vez, el revés del canon previamente mencionado, del privilegio con el que nació y de su tiempo, mismo que se ha desdoblado para llegar con vigencia al nuestro y dialogar con los recuerdos que ya sucedieron e intentar descifrar los que aún no. Feliz cumpleaños, Elena, definitivamente el péndulo de tu existencia se ha pausado para resignificarte, nombrarte y leerte.

   
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