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Honor a quien honor merece. Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda nació un día como hoy de 1904. Hace ya más de un siglo que uno de los poetas más influyentes llegó al mundo no sólo para destacar por su talento, también para generar polémica por sus ideas y forma de vida. Su obra es vasta, homenajes hay miles pero hay uno en particular que se logró despertar curiosidad por el máximo poeta del siglo XX: la cinta Neruda de Pablo Larraín y protagonizada por el ‘charolastra’ Gael García.

El largometraje conjugó diversos factores que generaron grandes expectativas. Por un lado, se esperaba la visión ya recurrente de Larraín sobre su natal Chile; por el otro, no se podía  pasar por alto el nombre que da vida a la historia, el poeta vanguardista, el Nobel de Literatura, el político y diplomático: Pablo Neruda. Aunado a ello, Gael García aportó la rentabilidad de su nombre en los créditos y más aún la inquietud por verlo repetir dupla con el director, como lo hiciera en la cinta NO;  lo mismo sucedió con Luis Gnecco.

Y aunque el entusiasmo de la audiencia es alimento del artista, también resulta un peligro. Bien dicen que es imposible complacer a todos, pero cuando se han creado grandes esperanzas, se vuelve todo un reto superar las exigencias del público. Neruda puede considerarse la excepción de la regla. Durante los primeros minutos vemos la historia del poeta en su papel de político, interrumpido por una voz que narra y complementa los detalles.

Justo cuando pienso que se trata de una autobiografía más que será sobrevalorada, comienza a brotar la magia en la pantalla. Poco a poco la cinta se va distinguiendo del resto. Una narrativa que por momentos recuerda a Michel Gondry sin perder la esencia de Larraín. Un Gnecco más contenido, preciso en su interpretación y un acento que sale de la pantalla para demostrar la madurez de García Bernal como actor  son elementos que distinguen la obra.

La representación de la  persecución política y el gobierno de Gabriel González Videla se mezcla con las excentricidades y el apetito sexual de Pablo Neruda. Si bien la película centra su trama en la audacia del escritor para burlar a las autoridades, conforme avanza la historia, Oscar Peluchoneau (Gael García), el policía responsable -y con una obsesión-  por encontrar a Neruda, roba protagonismo al poeta para finalmente develar el verdadero objetivo de Larraín: rendir homenaje al convertir su obra en una poesía.

Sí, el director chileno lo hizo. Larraín llevó un poema a la pantalla grande y para hacerlo se inspiró en la historia de un hombre cuya vida bien pudo salir de la mente de cualquier cineasta; pareciera que Neruda escribió su propia historia para ser contada en el cine. El largometraje fluye con naturalidad, conjunta sutilezas en su narrativa, en sus encuadres, en el desarrollo de sus personajes. Es un juego que engaña al espectador, lo  lleva por un sendero inesperado para cumplir los caprichos, superar cualquier expectativa e incitar al público a sumergirse en un mundo de poesía visual.

No importa si ya la vieron o no, siempre es un buen día para celebrar a Neruda, y qué mejor que hacerlo de la mano de Larraín.

   
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