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Las ganas de volver… 

Si pudiéramos modificar el ciclo de vida, muchos elegiríamos nacer adultos e ir decreciendo hasta la infancia y disfrutar al máximo los últimos días con la sencillez que caracteriza a un niño, o tal vez solo quisiéramos no haber crecido nunca para evitar la «insoportable levedad del ser».

Pero nada de esto lo descubrimos hasta que nos encontramos en la situación donde todo se vuelve más complejo; de la nada, la realidad nos revela que aquellas burbujas que soplaban nuestros padres no nos producen la misma sorpresa, esa impresión que impulsaba risas, gritos, sonrisas, se borró de nuestra programación y se quedó en el álbum de fotos.

Hoy las ganas de volver son más fuertes que nunca, porque seguramente desempolvamos el célebre álbum de fotos y observamos nuestro rostro incrédulo, ser captado por el sensor de una cámara, destapando momentos en los que la preocupación no existía, y la dicha estaba más a nuestro alcance; los ojos que antes no hacían otra cosa que resplandecer por la inocencia, ahora enrojecen y reflejan la dureza que representa envejecer, con todo lo que ello encarna.

El deseo de retornar a la infancia se hace más duro en estos tiempos de oscuridad, de nostalgia, donde nada parece estar claro, aunque sea por un momento, uno siempre tiene deseos de volver y dejar todo atrás.

No hay que olvidarlo: «Infancia es destino», tanto individual como colectivamente, entonces ¿Qué podemos cambiar hoy para que mañana sea diferente? Porque no solo se trata de soñar con volver…

   
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