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Un cine mexicano que vale la pena ver

En un mar de títulos y propuestas cinematográficas provenientes de cientos de países, una película mexicana ha logrado salir a flote y fungir como la barca que guíe a los náufragos de la monotonía a un México desconocido (o ignorado) por la sociedad en general. Netflix estrenó hace algunos días Ya no estoy aquí, escrita y dirigida por el mexicano Fernando Frías, e inmediatamente se insertó en el gusto de los espectadores ávidos de un cine mexicano alejado de clichés, formulismos, historias “rosas” y monopolizado por un reducido número de actores.

Ya no estoy aquí se adentra en la subcultura urbana regia denominada Kolombia, una hibridación entre los “cholos y colombianos migrantes. que alcanzó su apogeo en la primera década del siglo XXI y cuyo rasgo característico es el gusto por la cumbia rebajada, la vestimenta holgada, cortes de cabello en el que el fleco predomina y su manera de bailar. En esta cinta el director realiza un viaje por los barrios paupérrimos de Monterrey y muestra las consecuencias que trajo la lucha contra el narcotráfico impulsada por Felipe Calderón.

La trama gira en torno a Ulises, un joven de 17 años, miembro de Los Terkos, uno de los múltiples grupos kolombianos que pululan en la zona pobre de Monterrey. Para Ulises, la música los es todo, a través de ella logra escapar de su realidad austera, además de que le permite ser miembro de un grupo que no lo rechaza como lo hace su propia familia. Tras un incidente relacionado con el asesinato de los líderes del barrio, y del cual es culpado, Ulises tendrá que escapar a Estados Unidos, aleándose de sus amigos, su barrio y su vida pasada, para adentrarse en un país completamente ajeno a él.

Fernando Frías se inclinó por mostrar una historia anacrónica en la que el presente y el pasado se intercalan. Esta manera de contar la película permite que el espectador conozca las razones por las que Ulises se encuentra en el país del norte, a la vez que muestra el anhelo que el protagonista tiene de su vida pasada.

Es interesante la manera en que Ulises está construido, pues el anquilosamiento del personaje que le impide tener una evolución dentro de la trama, se debe al principal rasgo de carácter de dicho personaje: su terquedad. Ulises no fue en busca “del sueño americano” las circunstancias que lo llevaron a Estados Unidos no se deben a la ambición o el deseo de mejorar su vida, él añora la vida en su barrio pobre condimentada con las notas de la cumbia rebajada.

Esta terquedad impide que la película avance y que las subtramas construidas se desarrollen, pero ello no implica que la película se estanque o carezca de importancia. Con el recurso del recuerdo, el director transporta al espectador a un barrio pobre que se vio asediado por las políticas del presidente y cuya transformación se limita a un cambio de estafeta en el dominio de la violencia. Así, a través del barrio de Ulises, se pueden apreciar los estragos causados por la política del gobierno panista y las repercusiones que ésta tuvo.

En otro tenor, se conocen las vicisitudes que padece un mexicano ilegal recién llegado a Estado Unidos, pero que se limita a la anécdota sin estudiar a fondo la problemática. El director acierta al omitir los subtítulos en los diálogos de los estadounidenses y permite que el espectador viva la experiencia de Ulises y padezca, con él, la impotencia que implica el no poder comunicarse con la gente que te rodea.

FICM

En su paso por Estados Unidos, Ulises conocerá a una joven asiática interesada en él y su cultura; sin embargo, la apatía patente del protagonista y su deseo de regresar a su vida anterior impedirá una conexión real con esta mujer, desperdiciando así el desarrollo de una subtrama que podría llevar a la película a mejor puerto. Esto genera que el sentimiento de que la película no avance y que la estadía del personaje en este país sirva únicamente como un pretexto narrativo para contar la historia anacrónicamente. 

La música, por supuesto, juega un papel predominante en la película, pues la vida del protagonista se resume a las notas de un género híbrido que significa todo para él. Gracias a las piezas musicales que escucha, Ulises cruza la frontera de su nueva vida y se inserta en su querido barrio, se aleja de sus problemas y se rinde a los deseos de su cuerpo que le suplican bailar. La última escena hace explícito lo anterior, Ulises, cual Nerón, baila en lo más alto de su barrio, frente a una ciudad que se destruye por la guerra contra el narco.

Ya no estoy aquí, es una película que vale la pena ver (no en vano ganó el premio a mejor película en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2019), porque, a través de la historia de un personaje real, muestra a un México desconocido para muchos y se aleja del esteticismo que, al parecer, reclama el cine mexicano contemporáneo al mostrar la realidad de los barrios pobres en México; porque se adentra en una subcultura urbana que intriga y porque critica políticas gubernamentales por medio de la fotografía de un barrio regiomontano.

   
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