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Aunque el nombre de Guillermo del Toro ha tenido gran auge en los medios durante las últimas semanas, las múltiples nominaciones y los premios que ha ganado con su más reciente película The Shape of Water no fueron suficientes para abarrotar las salas de nuestro país. Si bien la taquilla no fue nada despreciable, no se compara con las filas interminables que inundaron los cines durante la primera -segunda, tercera…- semana de Coco.

Pese al desencanto que dejó en varios con Crimson Peak, el director no deja de ser un referente del cine fantástico, digno de nuestra atención, pero durante su estreno no fue lo que vimos. Probablemente, la ausencia de símbolos mexicanos mantuvo a la audiencia lejos de las butacas, quizá hayan sido las inclemencias del tiempo o simplemente fue un factor económico y la llamada cuesta de enero le hizo una mala jugada a Del Toro.

No tenemos duda de que con o sin funciones agotadas el tapatío llegará de nuevo a la alfombra roja de los Oscar como lo hiciera en el 2007 con El Laberinto del Fauno. Es probable que The Shape of Water compita en más de una categoría con Three Billboards Outside Ebbing, Missouri; The Florida Project; Call Me By Your Name y Dunkirk; sin embargo, nuestra predicción sólo le da ventajas a Del Toro en las categorías técnicas

Pero, ¿qué es lo que ha hecho a la crítica voltear de nuevo hacia el guionista, director y productor? Fácil. De entrada su estética minuciosamente detallada ha creado algo más allá de su característico mundo fantástico. Es un agasajo de simbolismos, de manejo cromático, de ambientación y sutiles referencias que disfrutan todos por igual; desde los más acérrimos seguidores del creador de Cronos hasta aquellos que sólo por nombre conocen al connacional.

Otro acierto de la cinta es el equilibrio que no sacrifica forma por fondo. No hay vacíos en la historia ni intentos de compensarlo con un gran número de efectos especiales. The Shape of Water es la quimera perfecta, de alguna manera entendemos y simpatizamos con los personajes, con sus necesidades de afecto o reconocimiento; a la par, el mundo imaginario que creó Guillermo del Toro nos sumerge en una especie de sueño que nos hace creer que todo es posible.

En la cinta, se demuestra que todos somos como el agua, tomamos forma según donde nos paremos, podemos ser víctima o héroes, ilusos o valientes. No les voy a mentir, deben hacerse a la estricta idea de que se trata de una película de Guillermo del Toro, con todo lo que ello implica, de lo contrario hallarán absurdos que ocuparán su mente para pasar por alto el gran trabajo de dirección. Al final, La forma del agua, tomará la forma que cada espectador quiera darle, y ésa es el alma del cine.

 

   
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