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Veinte años de matrimonio no son poca cosa, la mayoría de las parejas sufren de divorcios, peleas monumentales o un insufrible tedio después de dos décadas de convivir juntos. Un buen matrimonio, diría hasta el consejero más inepto, se basa en la comunicación, en aprender a escuchar.

Han pasado 20 años desde que se estrenó Moon Safari, el álbum debut de la banda francesa Air y me place informarles que mi matrimonio con él sigue en pie, el amor después de tantos años, está vivo. Como bien lo recomienda el consejero matrimonial, he basado mi relación en escuchar… Escuchar sin cansancio, año tras año, mes tras mes y algunas veces semana tras semana, las 10 canciones que componen el disco.

Cómo no estar enamorado de la obra maestra que Nicolas Godin y Jean-Benoît Dunckel crearon en el año 1998, en una situación precaria y su futuro financiero condicionado al éxito del álbum. Cómo no seguir enganchado a un sonido -antológica mezcolanza de chill out, funk y ambient- que sigue tan fresco como la primera vez que lo escuché, una música que lo mismo embona en la terraza más pomposa de Ibiza, que en los pasillos del mismísimo metro Tepalcates -lo he escuchado más veces en Tepalcates, bueno… sólo en Tepalcates-.

Imposible no estar embobado con los teclados de Dunckel en la ensoñadora ‘Kelly Watch The Stars’, o con el potente bajo de Godin en ‘La femme d’argent’. Es impensable no sentirse atraído por la fantasía espacial de ‘New Star in the Sky’, consecuencia de la obsesión de Air por las Crónicas Marcianas y Georges Méliès.

Como todas las relaciones, Moon Safari y yo hemos tenido altibajos, producto a veces de la rutina o debido a la aparición de seductores y trepadores discos que me han quitado su atención por momentos. Sin embargo, la vocecita de MS siempre resuena en mi cabeza, el extraño riff de ‘Sexy Boy’, la alucinógena experimentación de ‘Talisman’, la afrancesada elegancia de ‘Le voyage de Pénélope’ y la exquisita voz de Beth Hirsch -invitada especial- en ‘All I Need’ y ‘You Make It Easy’.

Cuenta la leyenda que durante su concepción, el dueto francés no paraba de escuchar a The Beach Boys, tomando en cuenta mi interés por el pop de los años sesenta, no me extraña que inmediatamente me haya sentido embrujado por la presencia del Safari en la Luna. Su hechizo, sus sintetizadores omnipresentes y sus armónicas nostálgicas; continúan vigentes en los recovecos más profundos de mi líbido musical.

De acuerdo con la cursi tradición, en el 2018 Moon Safari y yo celebraríamos nuestras bodas de porcelana, un aniversario que merece ser festejado con bombo y platillo. Mi amor por este hito de la música electrónica francesa sigue intacto, aunque por desgracia lo debo compartir con miles de personas alrededor del mundo, sin problema acepto el adulterio.

Ahora los dejo, tengo una cita de 43 minutos con Moon Safari, porque como ya lo deben saber a estas alturas, los matrimonios felices no se mantienen solos.  

 

   
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