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El Libro de Job relata la historia de un hombre devoto, bueno y justo. Un día Satanás pone a prueba su fe apostando con Dios a que la única razón por la que Job es fiel, es debido a que solo recibe cosas buenas… ¿qué pasaría si el hombre fuera castigado con las peores maldiciones?, ¿seguiría alabando a su creador? Dios, en toda su grandeza -y con un sentido del humor retorcido-, acepta la apuesta…

Con este pasaje del Antiguo Testamento se podría resumir Silencio, la nueva película del maestro Martin Scorsese. El film narra la travesía de dos sacerdotes cristianos que viajan a Japón con la misión de encontrar al Padre Ferreira, un cura que ha sido capturado, torturado y de acuerdo a los rumores, ha renegado de su religión.

Es fácil desorientarse con la cinta de Scorsese, incluso, podríamos confundirla con una fábula moralista sobre la pureza del cristianismo y el salvajismo del mundo espiritual del oriente, sin embargo, el maestro americano pronto borra esta percepción y cocina -a fuego lento-, un poema sobre el sufrimiento, sobre la pobreza del alma, sobre la trágica necesidad del ser humano de trascender sus defectos, sus miedos y su mortalidad.

Scorsese ha creado una película atípica en su filmografía, una obra tranquila -salvaje como pocas-, pero apacible en toda su barbarie. El americano no desata gestos grandilocuentes, al contrario, se enfoca en pequeños símbolos y acciones que repite constantemente a lo largo del metraje. Como Buñuel, Scorsese utiliza la repetición como un eje narrativo e ideológico. Pongan atención en los rituales de sumisión que utilizan los japoneses o en la confesión, máxima de la religión cristiana.

Silencio no es una película de moraleja, de redención o de alivio, todo lo contrario, te lleva de la mano al pozo, te baja y te deja abandonado ahí, triste y sin escalera. La metáfora, aunque dramática, describe muy bien lo que siento al presenciar el film.

Son muchos los aciertos de casting, el terrible villano nipón, el breve pero contundente Liam Neeson, incluso el anoréxico Adam Driver, sin embargo, me gustaría resaltar al protagonista. Andrew Garfield guía de forma admirable la película, contenido, inocente, verídicamente comprometido con su fe y al final, trágicamente derrotado.

Martin Scorsese no ha hecho una película para criticar la religión, sino una prueba de la debilidad del alma humana, una radiografía pesimista de la espiritualidad y su deformación a lo largo de la historia. Sin moraleja, sin discurso, sin ideología; cine puro, duro y rudo.

Silencio no es mi película favorita de Scorsese, no es la que más me ha entretenido, conmovido o conmocionado, pero de alguna forma, es la que más admiro. La sabiduría narrativa del cineasta ha encontrado su cumbre, su arte es infranqueable y su filmografía ha llegado a un punto que no acepta crítica alguna. Scorsese pues, ha subido al Olimpo de los grandes maestros y Silencio -predigo-, tendrá un lugar privilegiado en el futuro.

Tras varias pruebas, inclemencias y sadismos, Job jamás renegó a sus creencias, vivió su vida a expensas de los caprichos filosóficos de Dios y Satanás. Finalmente, fue recompensado por su estoicismo con bendiciones y felicidad. No sé si Scorsese conoce el Libro de Job, pero de alguna forma, ha dotado de humanidad a aquel relato bíblico…

“Y murió Job anciano y lleno de años.” (Job 42:17).

  • Silence
  • Estados Unidos, 2016
  • Director: Martin Scorsese
  • Guión: Jay Cocks, Martin Scorsese (Novela: Shusaku Endo)
  • Con: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata
  • Duración: 159 min.
   
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