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Camino por Paseo de la Reforma, dos mujeres vienen hacia mí tomadas de la mano. Vamos a chocar —pienso— a menos que ellas se suelten o yo me haga a un lado para dejarlas seguir felices al sentir la mano de su pareja. Me moví, pero no sin antes darles una mirada de complicidad, así como una sonrisa que a pesar de estar tapada por un cubrebocas notaron y me la devuelven —lo adivino por las arrugas que se forman en las comisuras de sus ojos— cada uno siguió su camino. Esta naturalidad con la que vemos a una pareja de novias en 2020 es algo que parecía impensable en 1901.

Fue en ese año que durante una redada la policía dio con una fiesta de 42 hombres que bailaban entre ellos, algunos vestidos de mujer y otros con actitudes muy amaneradas. Todos fueron llevados a la cárcel, se le notificó a Porfirio Díaz pues Ignacio De la Torre—el esposo de su hija Amada se encontraba entre ellos— ordenó su liberación diciendo “Yo solo leo 41” y está historia se fue transformando con el paso de los años hasta hacerla un referente en la comunidad gay. En esta ocasión el director David Pablos es el encargado de contar la anécdota con una mirada distinta. 

El Baile de los 41 está narrada desde la perspectiva de Ignacio —Interpretado por Alfonso Herrera— quién se enamora de Evaristo Rivas —un personaje llevado a la pantalla por Emiliano Zurita— el nuevo abogado quién además se roba el corazón de Nacho de la Torre. En el guion de Monika Revilla el club de los 41 —Más bien 42 con el ingreso de Evaristo—era un lugar seguro, donde la élite de la época podía mostrarse sin temor a ser juzgados por la sociedad.

Entre el reparto de actores que forma parte del selecto club destacan Servando Anacarsis —autor de la obra Zombis Comunistas— y Emmanuel Lapin —quién protagoniza el unipersonal Now Playing—. Además, está Fernando Becerril que presenta a un Porfirio Díaz ya entrado en años qué lejos está de la caricaturización —un recurso fácil para presentar personajes tan reconocidos en el inconsciente de los mexicanos—. 

Tanto en las actuaciones de Herrera como Zurita se aprecia una química en pantalla que nos hace olvidar sus personalidades fuera de la cinta y podemos ver a Eva —Como apoda De la Torre a Evaristo— e Ignacio entregándose a sus pasiones y arriesgándose a cometer los actos más estúpidos por verse —porque eso también es amor—.

Por otra parte, el personaje de Amada Díaz —Interpretada por Mabel Cadena— muestra un lado del que poco se ha hablado —la mujer a la que Ignacio maltrató—, como crece durante la trama dejando de ser sumisa, para convertirse en una mujer dura que trata de rescatar la dignidad que le quitó la sexualidad del hombre con el que se casó y la traición que cometió por la cuál ella no lo perdona. 

Una cinta que no tiene la pretensión de hablar desde el hecho histórico o lo aleccionador, más bien toma la anécdota para crear una fantasía a su alrededor para convertirla en una trama de amor que no retrata a héroes y villanos, sino lo hace con personas que tienen distintas aristas llevándolos a cometer acciones buenas o malas por las circunstancias de la vida.

   
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