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“La maldad puede surgir en cualquier lugar, siempre que la situación sea la correcta”. Este es el mensaje que el director, Lars Von Trier nos propone en la trama de Dogville (2004), la cual expone la volubilidad de los valores, que posteriormente pueden dirigirnos a violentar a nuestros semejantes.

A lo largo de nueve capítulos vemos la estancia de Grace (Nicole Kidman) en un pequeño pueblo aislado en las montañas, Dogville, en donde habitan apenas 15 personas. La historia transcurre en los tiempos de la Gran Depresión en Estados Unidos, por ello se nos presenta un ambiente precario, con escasez de alimento, gente exenta del más mínimo lujo.

En aquel lugar que parece desprovisto de fe, uno de los pueblerinos, Tom Edison (Paul Bettany) se encarga de reunir a los habitantes para hablarles sobre temas de moralidad. Con este discurso, Tom busca convencerlos de brindar a Grace un escondite cuando ella llega a Dogville huyendo de un grupo de mafiosos.

A fin de mostrarse como un pueblo bueno, honesto y solidario, otorgan asilo a la misteriosa fugitiva a cambio de labores domésticas. Grace trata de ganarse su confianza a toda costa, su carácter humilde y bondadoso hacen que, al cabo de dos semanas, los habitantes la consideren parte de ellos. Sin embargo, no pasará mucho tiempo antes de que ese lugar se convierta en un infierno para la protagonista.

No sólo es la trama la que nos sorprende, también lo es el aspecto visual. La película transcurre totalmente dentro de un foro, un escenario en donde se recrea el poblado con escenografía simple: los límites de las casas y calles se distinguen con trazos en el piso, como si se tratara de un dibujo hecho con gis. No hay muros, sólo unos cuantos muebles para ambientar los diferentes lugares.

La simplicidad en cuanto a efectos e iluminación es poco relevante, pues es la serie de acontecimientos, junto con los detalles dados por el narrador, los que causan tensión, enojo e impotencia al espectador. En cada capítulo se da una reflexión diferente, que nos lleva a cuestionar cuántos de nuestros actos son verdaderamente humanos, si es que alguna vez hemos actuado como los habitantes de Dogville.

   
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