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Fotografía: Mariana Mondragón

Como el blanco y el negro, así son los polos opuestos entre arte y tecnología, incluso el cerebro divide ambos dominios, la primera se manifiesta mediante la estética y las diferentes expresiones humanas. La segunda, por su parte, es metódica, obsesionada por la exactitud y el entendimiento del mundo ¿Es posible crear una armonía entre estos caminos que se han colocado tan opuestos? Theo Jansen nos brinda un fuerte acercamiento a esta pregunta.

De origen holandés, Theo Jansen ha creado a partir de sus estudios en física, robótica y arte, una serie de esculturas capaces de sobrevivir por su cuenta, además pueden reproducir movimientos idénticos de algunos animales. Dichas criaturas las ha denominado como “Strandbeest” o bestias de playa, debido a que el mar fue su compañero en su trayectoria de creación.

Fotografía: Mariana Mondragón

Más allá de su trabajo cargado de ingenio, el artista señala la playa como una gran fuente de inspiración para llevar a cabo sus obras. El mar de Holanda, solitario por causa del arrasador frío, necesitaba de alguna clase de compañía o algo que llenara de vida el lugar, de ahí surge el sueño de crear animales con vida artificial.

Los “Strandbeest” atravesaron una gran cantidad de obstáculos que jamás detuvieron la convicción y el deseo de Theo Jansen. Quien tras varios intentos fallidos con madera y acero, descubrió que debido a la ligereza y su resistencia, el tubo industrial era el material adecuado para sus criaturas.

Fotografía: Mariana Mondragón

Año tras año, la ambición de Jansen se incrementó en relación a los detalles que presentaban sus criaturas. Aspectos fundamentales como el movimiento,  el tamaño, la estructura de los “Strandbeest” que no terminaban de convencer al artista, de modo que cada creación nueva presentaba una versión perfeccionada de la anterior, con esto se dio cuenta que estaba creando algo más.

Más allá de un concepto, de una obra de ingeniería, los “Strandbeest” apelan la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, la cual señala que las especies se adaptan a través del tiempo ante los estímulos que le rodean  para garantizar la supervivencia y la reproducción, heredando los cambios para próximas generaciones.

Fotografía: Mariana Mondragón

Han pasado más de 20 años y Jansen ha desarrollado una gran cantidad de familias y generaciones de “Strandbeest”  capaces de resistir años en la playa viviendo de forma autónoma, diseñados para desplazarse de manera cada vez más compleja gracias a su estructura que se alimenta de corrientes de aire.

La creación de Jansen no hubiera sido posible sin ayuda de la tecnología, mucho menos de los principios físicos que utiliza para llenar de movimiento a sus criaturas, sin embargo, la creatividad para imaginar un mundo de animales, nombrarlos, clasificarlos, y sobre todo, darles vida, son el toque exacto y la muestra de la sensibilidad de un artista.

Fotografía: Mariana Mondragón

Los “Strandbeest” son la unión de creatividad e ingeniería, de precisión y sensibilidad, de biología y arte, representan una unión de algo que se piensa que está polarizado. Jansen rompe esta barrera y encuentra una nueva forma de ver el mundo, en el que humanos, animales y máquinas, comparten ciertos rasgos característicos que nos asemejan y nos dan vida.

La propuesta de Theo Jansen significa un gran paso para el arte contemporáneo que aspira a nuevas formas de expresión humana, con una carga distinta de ingenio apoyada de conocimientos científicos. Mientras tanto los “Strandbeest” pasean a lo largo del mar en Holanda como criaturas vivas que siguen evolucionando.

Fotografía: Mariana Mondragón

Ocho de estas criaturas están viviendo actualmente en el Laboratorio Arte Alameda del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Junto con su creador, están dispuestos a deleitar a México con su innovación así como dar un mayor detalle acerca de su elaboración, familia, evolución y reproducción. La exposición está disponible de martes a domingo de 9:00 a 17:00 hasta el 13 de agosto.

Fotografía: Mariana Mondragón
Fotografía: Mariana Mondragón
   
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