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Intentar describir una de las obras maestras de Johann Sebastian Bach es como hablar de las maravillas de la Tierra; tomaría una eternidad captar lo bueno de nuestra existencia y alrededores, explicar la esencia, así como su legado, a través de las palabras que un errabundo aficionado como yo utiliza, es una tarea imposible.

Pero no me rindo, a pesar de ser una muestra de mi obstinada mente, me siento talante de expresar, con la misma obsesión con la que Bach componía sus eminentes obras, la magia de aquella pieza musical fechada entre 1717 y 1723 en Leipzig, Alemania.

Me refiero al Concierto Para Dos Violines en Re Menor BWV 1043 (por sus siglas en alemán Bach Werke Verzeichni, que significa: catálogo de las obras de Bach). Una de sus tantas creaciones llenas de virtud con las que deja en claro, como las notas de piano, su reinado como el padre de la fuga, el Einstein de la música del cual aún no termino por comprender la complejidad de su inigualable mente.

Pero no escribo para externarles mis traumas; sino para invitarlos a disfrutar lo que he gozado con fruición mientras aguzaba el oído y notaba lo arrollador del primer movimiento (allegro), los dos violines protagonistas pelean entre sí para demostrar cual es más vivaz, la orquesta los acompaña expectantes. Sin quedarse fuera, el bajo continuo respalda la escalada de notas y se desborda junto con ellos.

Solo son cuatro minutos, sin embargo, el regodeo de pasión que levanta sin perder aquella simetría melódica evidencia la mente perfeccionista de Bach. Nada sobra ni falta, es científica y musicalmente excelente, los parones son oportunos y estridentes. Entiendo que el Barroco significaba absurdo; creer que Bach componía de tal magnitud en aquel periodo es “absurdamente Barroco”.

Tras la fascinación que imprime el primer movimiento, creía que nada podría mejorar. Pues bien, la segunda parte es un andante inexplicable y bello como recrear el universo mientras piensas en su creación. La orquesta se encarga de los acordes mientras que los violines solistas emiten un paisaje melodioso que enchina la piel y debilita el estómago por la ternura que carga.

Las notas estiradas toman el alma, la acarician, limpian toda la carga negativa para después, ya purificada, hacerla danzar de un lado al otro con su ritmo. Es una parte excesivamente introspectiva, despierta los sentimientos más ocultos de cada uno, embellece el ser, renace la vida en su esencia primogénita.

La rigurosidad retorna, al mismo tiempo que la vivacidad, pero con mayor fuerza en el tercer movimiento. La orquesta se apodera por lapsos del protagonismo para crear una mayor sonoridad, es la parte que deleitó a cientos de aristócratas, otorgándoles experiencias inolvidables cuando fueron testigos de la maravillosa mente creadora de Johann Sebastian Bach.

Podría seguir escribiendo, pero estoy seguro de que seguirá siendo en vano; ni el más digno párrafo se compara a un compás del Concierto Para Dos Violines en Re Menor BWV 1043 del célebre artista. Cuando lo escuchen entenderán de lo que estoy hablando; estoy convencido de que la vida desde la música de Johann Sebastian Bach, es otra.

   
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