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La muerte ha sido tema tabú para muchos países, culturas y religiones. En México el enigmático “más allá”, la parca y la ausencia de nuestros seres queridos ha sido motivo de llanto, pero también de fiesta. Cada noviembre las calles mexicanas se visten de naranja, se perfuman con olor a copal e invitan a los que ya partieron a recordar los placeres de la vida carnal.

Durante el Día de Muertos nos olvidamos de temer a la muerte, en su lugar encontramos vida en nuestros recuerdos. Así es como Pixar logró retratar una de nuestras más grandes tradiciones, no sólo eso, lo que el estudio retrata en su cinta Coco es también una llamada para recuperar el valor de la familia, para alentar a los más pequeños a seguir sus sueños, sin olvidar sus raíces, pero sobretodo para recordarnos que no debemos juzgar las decisiones de los demás.

Coco no pretende decirle al mundo, mucho menos al mexicano, de qué se trata el Día de Muertos. No explora en terreno nacionalista ni crea discursos valorativos sobre nuestro país o nuestra celebración. La festividad es sólo el paisaje que acompaña una historia que le quita la cualidad de efímero al fallecimiento pues el planteamiento pone a la memoria como la oportunidad de la vida eterna. En la reminiscencia encontramos sentido a nuestro día a día, también la posibilidad de regalar la vida eterna.

Como es costumbre, Pixar entrega una obra carismática, llena de sentimientos y como lo hizo en Intensamente, convierte a la película en un vehículo didáctico. Fuera de las discusiones religiosas retrata a la familia de Miguel, un niño que viaja a otra dimensión para encontrarse con sus ancestros con la esperanza de poder dedicarse a lo que más le gusta, la música. Ahí encontrará las claves que le permitirán comprender las costumbres de su familia y ellos podrán empatizar con el pequeño.

En cada acto Coco desarrolla cadenciosamente a sus personajes, la trama evoluciona con giros dramáticos orquestados minuciosamente. Minuto a minuto el espectador va construyendo el rompecabezas para encontrar sentido a cada acción, los villanos no son más que humanos que han cometido errores… como todos; los héroes pierden la capa cuando la falta de principios queda expuesta. En Coco los amigos se vuelven familia y los secuaces, guardianes.

De principio a fin la película se vuelve una genialidad, la animación le hace justicia a México, con vivos y variados tonos, la pantalla se vuelve referencia del colorido folclor de la tierra azteca. El deleite visual incluye rosas mexicanos que llenan de alegría las artesanía y trajes típicos, hasta el naranja de las flores de cempasúchil que inyectan fuerza e ilusión a la cinta.

No es todo, la representación de sus escenarios es impactante, ni un detalle queda al aire, ni hablar de los referentes: Frida Kahlo, un xoloitzcuintle, alebrijes, piñatas, catrinas… y la lista sigue; los clichés no se tornas en estereotipos ridiculizantes, al contrario; pero vaya, ¡es Pixar! Lee Unkrich cumplió su promesa de una carta de amor para México a cambio, Morelia y FICM le regaló el escenario perfecto, un paisaje hermoso y el mejor festival nacional para su primera exhibición el mundo.

  • Coco
  • Estados Unidos, 2017
  • Director: Lee Unkrich, Adrián Molina
  • Guión: Adrian Molina, Lee Unkrich (Historia original: Jason Katz, Matthew Aldrich)
  • Duración: 105 min.
   
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