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Cualquier filme protagonizado por infantes cuenta con la ventaja de la ternura que despiertan en la audiencia. Quizá sea su vulnerabilidad o quizá la inocencia ante la realidad la que nos hace simpatizar fácilmente; pero cuando olvidamos, como adultos, que hemos sido niños y pensamos en los colores y la animación como algo absurdo o ajeno es cuando nos privamos de joyas como La vida de Calabacín.

Siempre he disfrutado del privilegio de los niños: la imaginación. Me gustan películas y libros que pocos contemporáneos se atreverían a confesar que forman parte de su colección pero para mí esos títulos han representado una manera madura de permitir que mi lado adulto conviva con las ilusiones, sueños e ideales de mi niñez. Nunca olvidarlos es fundamental para mantener los pies en la tierra.

No entiendo a quienes hacen prejuicios en torno a las animaciones, las catalogan como cintas poco inteligentes o profundas y cada vez encontramos más títulos animados que le hablan de frente a los mayores de edad. La vida de Calabacín es una película que sin tapujos habla del abandono, a veces forzado a veces circunstancial, pero siempre duro.

Claude Barras hace un corrido por temas como el alcoholismo, el abuso, la drogadicción e incluso la migración. Sin ahondar ni divagar en discursos moralistas o políticos nos lleva de la mano en la historia tan agridulce como la vida misma. Siete niños afrontando su abandono pero al mismo tiempo resurgiendo en medio de nueva gente, amigos que eventualmente conformarán una nueva familia.

Con su técnica de stop motion se facilita ponerse en los zapatos de los pequeños. Entrar en sus cabezas y ver el mundo desde su perspectiva, pero al mismo tiempo vemos personajes desmejorados, por momentos hasta tétricos. A los pocos minutos se puede entender que se trata de una combinación perfecta que permite retratar temas frágiles y dolorosos sin caer en falsos optimismos ni ser condescendiente con el público.

No en vano La vida de Calabacín ha sido una cinta acreedora de diversos premios y nominaciones. Ahora, también se ha ganado un lugar entre los títulos que no dejaría de recomendar, porque sé que cuando la vuelva a ver, ya sea en algunos meses o en algunos años, me dejará la misma sonrisa al finalizar.

   
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