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Empalagoso, repetitivo, hipster y simple. Sí, todos estos adjetivos embonan a la perfección con el cuarto álbum de estudio de la banda francesa y aún así, siempre es un placer regresar a Wolfgang Amadeus Phoenix.

Lo escuché por primera vez cuando apareció en el año 2009, su primer track, la famosísima ‘Lisztomania’ me enganchó de inmediato. Su cadencia, su alegría, su nostalgia europea me resultaba increíblemente cool. En ese entonces yo escuchaba mucho noise de los noventa: Flaming Lips, Yo la Tengo o The Jesus and Mary Chain, ese tipo de cosas… En ese contexto, escuchar a Phoenix fue realmente fresco, era como comer un postre ligero después de un enorme corte de carne.

A Phoenix lo conocí en el 2004 a través del soundtrack de Lost in Translation, la banda de Thom Mars había colaborado con la canción ‘Too Young’ y el gusto por su música se me grabó en el chip durante toda la década del 2000. Para mí, Wolfgang Amadeus Phoenix no fue una evolución del grupo, un rompimiento en su sonido o una madurez musical; el disco era más de lo mismo, la eterna continuación de las obsesiones “poperas” de la banda plasmadas en United (2000), Alphabetical (2004) o It´s Never Been Like That (2006). Esto no lo digo como un defecto, al contrario, admiro la capacidad de los franceses por mantener su estilo, ¿por qué intentar arreglar algo que no está roto?

Esta necedad melódica es uno de los regalos más geniales que me ha dado el pop contemporáneo. ‘1901’,  ‘Rome’, ‘Fences’ y ‘Love Like a Sunset Part II’ (mi canción favorita del álbum), son canciones que siempre me ayudaron a sobrevivir y sobrellevar el camino a casa. Las tonadas del Wolfgang Amadeus Phoenix me apartaban del tráfico, me daban aire en los empujones del metro y me ayudaban a olvidarme de los estúpidos problemas de la oficina.

A la fecha, escuchar a Mars y compañía interpretar ‘Lisztomania’ en el Corona Capital, sigue siendo uno de mis momentos favoritos de música en vivo. Por un momento me sentí bailando en el Primavera Sound, bebiendo cerveza en una noche europea y la perfecta música de fondo.

En YouTube pueden encontrar un video no oficial de ‘Lisztomania’ ambientando la película ochentera The Breakfast Club, el match es tan perfecto que uno puede pensar que se trata de una canción hecha para el soundtrack original del film, un sonido ideal para el baile de Judd Nelson y Molly Ringwald. Esta recomendación me viene a la mente porque así es Wolfgang Amadeus Phoenix, sonidos que trascienden su década, música para la fiesta de cualquier año, cualquier ciudad y cualquier persona.

Al escribir este último párrafo me dispongo a “darle play” a ‘Love Like a Sunset Part II’, han pasado 10 años desde que se compuso y aún me ayuda a olvidarme de mis estúpidos problemas. Qué más le puedo pedir a este disco…

 

   
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