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Villancicos, posadas, árboles…. Navidad trae consigo tradiciones que cumplimos año con año y que se han vuelto parte indispensable de nuestras vidas. Mi tradición personal poco tiene que ver con las costumbres decembrinas habituales.

Hace siete años, tal vez ocho, en una mañana fría de un 25 de diciembre, prendí la televisión para matar el aburrimiento típico del día siguiente de la cena navideña. El sistema de televisión por paga había sido suspendido por falta de pago y el “recalentado” en casa de mi tío cancelado debido a que saldría con su familia a un paseo a la Marquesa. Mi única opción fue la televisión abierta que ofrecía por un lado, un maratón de las películas protagonizadas por Macaulay Culkin Mi Pobre Angelito, y por otro, las tres cintas de El Padrino, la elección -al menos para mí-, fue fácil.

Por supuesto que había visto la saga de los Corleone y por supuesto que las consideraba obras maestras, sin embargo, aquel día El Padrino se me reveló de una manera muy especial. Quizá fue porque resultó un remedio perfecto  para mi aburrimiento, quizá mi humor era ideal para la tragedia, de una u otra forma, las cintas de Coppola aquel día me conmocionaron gravemente, me hirieron de muerte.

Las nueve horas aproximadas de duración de la saga se esfumaron en un suspiro, cada gesto de Pacino, de Brando, de Duvall, de Caan o de De Niro me resultaban hipnóticos, relevantes… Literalmente me desconecté del mundo, nada ni nadie fue capaz de moverme de mi cama aquel día de diciembre.

A partir de aquel día, la emoción se convirtió en tradición y todos las navidades las dediqué a devorar a las desventuras de la Cosa Nostra; la tradición pronto se convirtió en dogma, una auténtico código de comportamiento navideño, una oferta de Don Corleone que me era imposible rechazar.

Cambié a Santa Claus por Peter Clemenza, a Rodolfo por Tom Hagen, a Melchor, Gaspar y Baltazar, por Moe Green, Virgil Sollozzo y Salvatore Tessio. “Luca Brasi duerme ahora con los peces” se volvió una frase más significativa que “Pero mira como beben los peces en el río”; a partir de aquel momento, mi Navidad se pintó de sangre, traición y cine de primera clase.

Para el director norteamericano James Gray, “El Padrino es la película más difícil de hacer”, ya que no existen trucos de cámara o efectos especiales, “todo es narrativa y personajes”. No podría estar más de acuerdo con Gray y quizá es por esa misma razón que estas películas fueron tan importantes aquel 25 de diciembre, a fin de cuentas la Navidad se trata de ser honestos, de no fingir…

Para mí El Padrino dejó de ser una saga más en la historia del cine, tampoco es un asunto de discusión intelectual, mucho menos, la calificaré o listaré como una de las mejores películas de la historia, para mí, El Padrino parte I, II  y III son una tradición maravillosa, irremediable y por qué no decirlo, religiosa.

 

   
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