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Si no lo conoces, ignoras que nació un 22 de febrero en Calanda, España. Seguramente, desconoces que fue hijo de Leonardo Manuel y María Portolés, el más grande de 7 rebosantes bebés frutos del prolífico matrimonio.

La falta de conocimiento acerca de su persona, impide saber que estudió Agronomía por exhorto de don Leonardo, sin embargo, su instinto lo llevó más temprano que tarde por el camino del arte, del cine para ser más específico. Quizá que fue íntimo amigo de tipos como Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, André Breton o Salvador Dalí.

Los que no han seguido su carrera, se han evitado algunas malas películas -a pesar de ser un hombre de genio, tiene algunos tropiezos-. No afino mucho con su disfraz de surrealista y algunas de sus películas de encargo -como el Gran Calavera– me parecen comedias baratas, sin embargo, temo decirles también se han perdido de algunos de los monumentos cinematográficos más esplendorosos de la historia.

En su filmografía, se esconde algunos tesoros, el genial sacrilegio de Viridiana, la potente farsa de El Ángel Exterminador, la perversa artimaña de Él, el sutil erotismo de Tristana, la psicodelia religiosa de Simón del Desierto o la trágica fe de Nazarín. Sí, todas éstas son obras maestras y, sólo algunos las han visto.

La omisión mexicana es más curiosa. Dejó su España natal para enriquecer a México con su mirada extravagante e hizo suyo el dolor nacional. Con Los Olvidados, firmó la película más grande y más triste sobre la miseria en las urbes.

Quienes no se han interesado en su vida, no sólo se perdieron de buen cine, también de algunas anécdotas impagables. ¿Sabían que el muy canalla llevaba piedras en los bolsillos para castigar a los infieles que abucheaban sus películas? ¿O que tenía la manía de aventar cubetazos de agua a los desconocidos -y desafortunados- peatones que pasaban debajo de su balcón?

Tal vez me equivoque, pero sospecho que también son pocos quienes tenían  idea que un día como hoy del año 1983, perdió la vida a causa del maldito cáncer y que sus últimas palabras -su último suspiro- fueron hasta cierto punto perversamente cómicas: “ahora sí que me muero”, susurró a su mujer.

Ignoro si saben de qué hablo, y si no, ¿qué importa? Ni tú, ni yo, ni nadie conoce a todos los artistas ni sus grandes obras y de alguna forma, este es el motor que nos permite seguir aprendiendo; sin embargo, tengo un consejo para ti: si no conoces a Luis Buñuel, levántate, corre y devora su filmografía.

   
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