0
Shares
Pinterest Google+

Les voy a decir algo sobre esperar: no esperábamos esto. En estos días muchos países inician las estrategias de vacunación, mientras que en territorios como el nuestro las vacunas están a punto de llegar. Resulta un tanto extraño que un elemento que debería dotar de esperanza a la población mundial pueda —más allá de sus razones— generar una atmósfera de incertidumbre y duda. No esperábamos esto y de cualquier forma está sucediendo. Cuando cerraron las puertas de los lugares de reunión y nos recomendaron permanecer en casa, dudabamos que una labor siguiera y sucedió: los teatros continuaron su actividad. 

La resistencia y la invención son dos factores que formaban parte de algunos —me sentiría exagerado si dijera que de muchos— de los proyectos escénicos que habitaban en los espacios culturales de nuestro país. Sin embargo, estos dos valores tuvieron que ser acuñados por casi cualquiera que decidiera levantar un proyecto desde casa y que se atreviera a enfrentar los factores que la carencia del ritual teatral —sí, las tres llamadas, el no consumir alimentos, el tener un lugar asignado y permanecer con la luz apagada, en silencio— traía. Primero fueron una especie de lecturas dramatizadas, muchas de ellas sin costo alguno; era el arte intentando refugiarse del shock de una situación que parecía del estilo Ridley Scott. 

Después de esta primera euforia, los artistas —como es debido— empezaron a cobrar por su trabajo, por su creatividad y por supuesto, porque es éste un medio de vida como cualquier otro. Fue entonces cuando empezó una evolución: una cámara web con un texto memorizado dejó de ser suficiente para sorprender a las audiencias. Pudimos observar obras —como Zoom Voyerista— cuya construcción buscaba ocupar las herramientas que nos ofrecen las plataformas virtuales: el chat, los micrófonos, las cámaras y la posibilidad de réplica de los espectadores. Fueron obras cuya idea parecía entretenida, pero cuya ejecución era un desastre similar a aquellos debates donde no importa lo sólido del argumento sino la supuesta experimentación de las palabras. 

Sin afán de comparar —pues la mayoría eran una especie de nadadores acostumbrados a las albercas techadas intentando en mar abierto— hubo quien aprendió a nadar más rápido. El equipo de Conchi León tradujo sus textos ya probados en escena a un lenguaje teatromatográfico —permitiéndome el uso de las palabras inexistentes— que daba la sensación de estar ante una función grabada donde la iluminación armonizaba con las emociones y las distintas tomas combinaban con los rostros de las actrices. Por otro lado, Jimena Eme Vázquez no solo se adaptó a la virtualidad, sino que hizo de las plataformas digitales el mundo donde sus historias sucedían. Sumado a esto, Las Reinas Chulas demostraron una vez más tener la valentía para enfrentar la diversidad de circunstancias y hasta crearon su género: el cabarézoom

La melancolía de extrañar un teatro y el querer caminar hacia una realidad similar a la que vivíamos antes de esta debacle social, llevaron a teatros como La Capilla o el Milán a ofrecer experiencias desde inmersivas; diseñadas para realizarse con distancia, hasta funciones híbridas donde algunos espectadores ayudaban, con su presencia, a apaciguar el eco de una sala vacía mientras que, desde su casa, varios otros hacían que las historias circularan por distintas ciudades y hasta distintos países. Audiencias y creadores enfrentaban el pavor que produce navegar corrientes que se mueven de una forma distinta a la conocida. 

Cuando se nos preguntó qué esperábamos del teatro en el 2020, hubiésemos hablado de varios estrenos y un buen número de reposiciones. Hubiéramos hablado de temporadas ya pactadas en los circuitos culturales del país y de festivales abriendo sus espacios para distintas propuestas. Hoy mi editora me ha preguntado qué era lo que esperábamos del teatro para el siguiente año y yo tenía una respuesta definitiva: no sé. Tal vez espacios funcionando a una baja capacidad, tal vez más obras virtuales, tal vez más convocatorias de dramaturgia para espacios digitales, tal vez más cortoteatrajes

No porque yo sea asiduo del quehacer escénico es que pronuncio las siguientes palabras. Más allá del desconocimiento del futuro, lo que esperamos es que el teatro siga. No lo digo yo, lo han dicho todos estos artistas que hemos retratado en Bogart Magazine a lo largo de este año; todos esos artistas que en la virtualidad han resistido por tantos meses. Lo dicen todos los espectadores que extrañan, pero que comprenden que hoy en el mundo, como en el teatro, los ensayos son una base, pero cada noche traerá siempre la certeza de un inicio distinto.

   
Artículo Anterior

El arte a través de los ojos de David Alfaro Siqueiros

Artículo Siguiente

McCartney III

No hay comentarios

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *