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Motel Bates: uno de los moteles más famosos y populares de todos los tiempos. Las historias que salen de ahí nada tienen que ver con increíbles noches de pasión, actos de contorsionismo ni sensualidad. Este -ficticio- motel de Oregon resguardó el mejor Macguffin de la historia y fue sede para el desarrollo de una de las joyas más preciadas del cine: Psycho.

Si bien hay pocas cosas nuevas qué decir sobre Psycho (en español, Psicosis), o Alfred Hitchcock -tampoco soy la primera en mencionar esto-, nada excusa el no celebrar la existencia de esta obra maestra. Y es que se cumplen 60 años desde que la pantalla grande dio a conocer la escalofriante historia de Norman Bates.

La relevancia del Motel Bates y la trama que albergó no se disuelve en el tiempo, todo lo contrario. Es tan legendario que aún es posible ver, a unos cuantos metros de distancia, en los tours de Universal Studios, aquellas habitaciones custodiadas por la casa de los Bates, misma que estuvo inspirada en el cuadro de Edward Hopper, The House By The Railroad (que forma parte de la colección del MOMA en Nueva York).  

Universal Studios

Durante 60 años, Psycho ha sido referente de cinéfilos y cineastas, no sólo por la mítica escena de la regadera. El uso del blanco y negro (cuando no era una moda nostálgica o pseudo artística), el montaje, la magistralidad de los puntos de giros, los easter eggs y por supuesto la música han sido algunos de los elementos que demuestran el valor del filme y de su creador.

La cinta es prueba de que la genialidad, la intuición y la sensibilidad pueden ser suficientes para hacer buen cine. La lección más importante que nos deja es que ni los grandes presupuestos ni el star system podrán superar una mente tan aguda y audaz como la de Hitchcock.

Remakes, secuelas y hasta la serie Bates Motel han querido exprimir la reputación de la que goza Psycho, sin embargo, ninguna ha logrado ni la mitad de lo que el maestro del suspenso. Hablar de cuán quisquilloso era o de su enorme ego han sido algunos intentos por descalificar a Hitchcock, aunque muchas de las declaraciones puedan ser verídicas.

Lo cierto es que sin el perfeccionismo no hubiera alcanzado el estándar de sus producciones. Psycho se logró gracias al ego de un hombre que defendió una cinta ante los intentos de ser censurada, por la violencia que contenía, por el conservadurismo de productoras como Paramount Pictures Corporation, o porque pocos apostaban a una protagonista que muere en el primer tercio de la película. 

Psycho se erige en el ego de un director que confiaba tanto en su trabajo que se negó a dar a la prensa cualquier premisa o sinopsis previa; que prohibió la entrada a los espectadores una vez comenzada la proyección (reprocho que esto no sea ley), y que aún así tuvo a bien recapacitar, por sugerencia de su esposa, su decisión inicial de hacer la escena del asesinato sin sonido. Si la pedantería es el precio a pagar por el buen cine, que así sea. 

Alfred Hitchcock tiene en su existir varias joyas que presumir, pero sin duda Psycho es el baluarte de su legado, uno que debemos honrar en su fiesta de sesenta años. Y qué mejor manera de hacerlo que aprovechar una tarde en casa, sacar las palomitas, apagar el celular (SÍ, aunque estés en casa) y disfrutar de una master class de cine.

   
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