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Para entender “a la Argentina”, dijo alguna vez Umberto Eco, hay que leer a Mafalda.

Un día como hoy, pero de 1963, apareció la primera edición de la tira cómica en la revista Leoplán. Engendrada por Quino -dibujante, humorista e historiador-, Mafalda se convirtió pronto en un referente de la clase media argentina por su punzante crítica al país, al continente y al mundo.

Desde el punto de vista literario, Mafalda es pura lumbre. Detrás de la máscara de humor, se esconde el rostro de la impunidad e injusticia social en Argentina, sin embargo, el cómic no solo refleja la realidad del país sudamericano, en sus páginas se encuentran las plasmadas las preocupaciones de todo un continente, las mismas heridas.

Como en El Principito de Saint-Exupéry, Mafalda utiliza la figura infantil para desenmascarar las miserias de los adultos, para revelar sus debilidades y exhibir su estupidez. Con cada punzante frase, Mafalda maltrata la moral de la clase política, de las instituciones educativas e incluso -y sobre todo- de la familia.

Si el periodismo se define como la “difusión de información actual o de interés”, creo fervientemente que hay más labor periodística en una viñeta de Mafalda que en todas las páginas de El Clarín. Incisiva, relevante, honesta e inmisericorde; el discurso de la tira cómica siempre es actual y desnuda una carencia del sistema.

La colección de frases inolvidables de Mafalda no tiene fin, es sabiduría popular, es encanto, es el magnífico uso del lenguaje, es inteligencia:

  • “El mundo esta malo, le duele el Asia.”
  • “Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante.”
  • “¿No sería mas progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?
  • “Nadie pueda amasar una fortuna sin hacer harina a los demás.”

La lista podría seguir por páginas y es que Mafalda se alimenta de la inmoralidad de la humanidad, afortunadamente para los fanáticos de la historieta y desafortunadamente para el mundo, esta fuente de inspiración no tiene límites.

Injusticias, impunidad, doble moral, violencia, hipocresía… el mundo desde la creación de Mafalda no ha cambiado mucho.

A 54 años de su estreno, su mensaje está más fuerte que nunca y yo, como mi buena amiga Mafalda, me quiero bajar de este mundo.

   
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