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El 22 de octubre de 1984 el diario español El País, titulaba una de sus notas con sangre y lágrimas de la siguiente forma: “Francois Truffaut murió ayer en París”. Yo tenía tres meses de nacido y en ese entonces, no tenía la menor idea que esta noticia afectaría tanto mi vida.

A Truffaut lo conocí muy temprano, tendría 15 o 16 años cuando vi por primera vez Los 400 golpes, fue en el canal 22 en una televisión sin 4K, sin ultra HD y sin curvaturas, en aquellos tiempos en que no bastaba encender una computadora para ver lo que se te viniera en gana. “Wow van a pasar Los 400 golpes en el 22”, debí pensar.

De ahí la emoción fue inmediata, recuerdo haber intentado comprar una película de Truffaut en la librería El Sótano, mi madre una santa mujer que siempre cumplió los caprichos de su hijo cinéfilo, no tenía en ese entonces el dinero para gastarlo en una carísima edición de  Besos Robados; hay que recordar que en aquellos años, el formato DVD era un artículo de lujo, propio de una familia acomodada y más si ese DVD era importado y era obra de un director de “arte” -vaya suerte la mía-.

Derrotado por la falta de dinero y de difusión, decidí conocer a Truffaut desde otra perspectiva, mi salvadora, otra vez fue mi madre… Ocultos en lo más recóndito de la Biblioteca Escolar del CCH Naucalpan -escuela donde mi mamá laboraba como profesora-, yacían dos libros que alborotaron mi vida de forma profunda. Las Películas de mi Vida y El Cine según Hitchcock me descubrieron al Truffaut escritor, al crítico, al cinéfilo, personaje del cual quedé profundamente enamorado…

Amante del Hollywood clásico, Truffaut fue uno de los principales defensores del cine de Hawks, de Ford, de Preminger, de Wilder y por supuesto, de Hitchcock; un entusiasta del cine americano y un crítico con una sensibilidad absoluta para el arte cinematográfico.

Tiempo después, con más dinero en los bolsillos y más películas en los estantes, me dediqué a devorar la filmografía del francés, La Piel Suave, Jules y Jim, La Habitación Verde, Diario Íntimo de Adele H., La Noche Americana, todas ellas fueron mis acompañantes semana tras semana, sin descanso y sin cansancio. El cine francés nunca me pareció bueno, de hecho siempre tuve una repulsión a sus actores y directores, este rechazo tenía pocas excepciones, se apellidaban Bresson y claro está… Truffaut.

A penas hace dos años, en un puesto de películas encontré una pequeña película llamada El Pequeño Salvaje, sobra decir quién es su autor pero deberán saber que hasta la fecha es la que considero su mejor obra; sí, a penas hace dos años vi mi película favorita de Francois Truffaut. Así de inagotable, perdurable y duradera es mi relación con este director irrepetible, un francés enamorado de los libros, las películas y el arte; un hombre que encontró en el cine su refugio en la tormenta y que me enseñó, el camino que debo y quiero tomar en la vida, el camino del cine.
Dudo si algún diario o revista le ha hecho un homenaje a Truffaut en este día, aquella vez fue el periódico El País quien dio la noticia, hoy 22 de octubre de 2016 desde las páginas de Bogart Magazine me enorgullece y entristece decir: hace 32 años, murió ayer en París.

   
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