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Ese necio amor por los libros, visitar librerías y asistir como costumbre religiosa a ferias, podría ser un capricho inocente, ñoño o considerarse un tipo de vicio; pero ¿nos podemos negar a comprar una primera edición?, ¿Al nuevo título de Juan Villoro?, como decir no a un clásico de Aleksandr Solzhenitsyn o sumergirte en estantes de libros viejos y encontrar obras de Irving Wallace, Henri Charriere o Dylan Thomas. 

Y ¿cómo surgió ese amor por los libros? Les cuento, mi madre me regalo El principito (Antoine de Saint-Exupéry), era la primera edición para América Latina, un libro usado que recorrió sabe dios cómo, más de siete mil kilómetros, de Buenos Aires a la Ciudad de México; su valor no estaba en sí era nuevo o usado, sino en la traducción, la más fiel al texto original hasta ahora hecha en castellano y en las ilustraciones. Podrán decir que se imprimió en Argentina para su venta en México, pero esa editorial, nunca tuvo presencia en nuestro país. 

Había algo gratificante en ese libro, no sé qué fue, pero me atrajo para siempre al mundo de la lectura y los libros, tenía nueve años cuando recibí ese obsequio; como tal, no tenía los recursos ni libertad de ir a librerías y comprar lo que quisiera, me conformaba con los obsequios de mi madre El fantasma del vuelo 401 (John G. Fuller), Poemas de Amado Nervo, Poemas de escritores latinoamericanos, Azteca (Gary Jennings), Anhelo de vivir (Irving Stone) novela basada en Vincent van Gogh y así, un largo etc.

Tener un libro nuevo o usado en las manos es una sensación que me provoca entusiasmo y curiosidad, aumentó el gusto por la lectura y ya podía ahorrar para comprar de vez en vez algún título; fue así que conseguí Los relámpagos de agosto (Jorge Ibargüengoitia), El llano en llamas (Juan Rulfo), La tregua (Mario Benedetti) y Chin chin el teporocho (Armando Ramírez), todos son primeras ediciones, algunas la encontré en las librerías de viejo y otras, en la añeja librería “La casa del libro” de la Colonia Lindavista. 

Para un servidor, poseer libros, leer y releer es una victoria, un lujo y un placer, porque la lectura y el libro como actividad y objeto respectivamente son fascinantes, deliciosos; adquirir un libro en formato electrónico no se compara con el placer de sentirlo, es una sensación multiorgasmica. Los libros y la lectura, no nos harán rectores de la universidad, ni presidentes de la república, pero sí tendremos una vida más dichosa, por eso atesoro Llamadas de Ámsterdam (Juan Villoro), Vagamundo (Eduardo Galeano) y La mesa de los Galanes (Roberto Fontanarrosa).

Muchas personas sienten amor por su auto, yo siento eso por mis libros; ir a ferias, comprar, leer y releer me generan muchos amigos, conocer nuevos mundos e historias, sin olvidar la realidad. Entrar a una librería me recuerda que cualquier libro, puede ser una novedad; recuerdo cuando entré por primera vez a una librería pensando en encontrar el título que cambiaría mi vida, puedo decir que atesoro con grata satisfacción estar parado y ver Archipiélago Gulag (Solzhenitsyn), Memoria de crímenes (Bradbury) o Farabeuf (Salvador Elizondo). 

En palabras de Mario Vargas Llosa, “Aprender a leer es una de las mejores cosas que me ha paso” y leer por el simple hecho de hacerlo, me ha llevado a descubrir escritores como Salarrue, Virgilio Piñera, Hunter Thompson, Luigi Pirandello, etc. Todos los literatos que he leído me transportaron a un círculo vicioso del cual es imposible salir. Ese necio amor por los libros tiene ventajas, te conviertes en una persona crítica contigo mismo y con la sociedad, así como mis libros, mis amados libros.

   
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