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Una cabeza cana, cejas pobladas y rebeldes por encima de unos ojos que denotan nostalgia; desde hace algunos años, lentes de pasta; sonrisa sincera, una mente única, un alma apasionada, un sentido del humor casi siempre negro, todo envuelto en 1.63 metros. Dicen que de lo bueno poco, yo diría que como él ninguno.

Como un amigo con el que se coleccionan recuerdos, Martin Scorsese entró a mi vida poco a poco, estoy casi segura que puedo culpar a Robert De Niro de ese encuentro tan afortunado. Su actuación me hizo buscar su filmografía, varias piezas bajo la dirección de Scorsese. Es difícil reconocer el momento exacto en el que su cine me atrapó, sólo sé de la hermosa relación que tengo con el americano.

A su lado, sentí el miedo frente a la mente torcida de Travis Bickle así como de la sed de venganza de Max Cady; él me dio las pistas en Hugo para comprender mi amor por el cine, para diferenciar la magia de la fantasía. Con Shutter Island descubrí lo mucho que disfruto los thrillers psicológicos. Recientemente, con Silence pude recordar que el cine de Scorsese no sólo es un pasatiempo, es arte, del que expresa; del que se debate.

Como en todas las relaciones, hay altibajos. No todo ha sido miel sobre hojuelas, The Last Temptation of Christ me dejó poco contenta y New York, New York no le hizo justicia a la gran manzana. Por encima de los sinsabores, mi amor por Martin es real y no tiene fecha de caducidad. Mi admiración va más allá de sus obras. El tándem junto a Dicaprio o De Niro son muestra de su personalidad leal, que no interviene nunca con su capacidad creativa.

Recientemente, anunció una cátedra  a través de una plataforma en línea. Su emoción por hacerlo me hizo recordar que comparto con él más que con cualquier otro cineasta. Desde el amor por figuras como Ingmar Bergman o Roberto Rossellini, hasta su palpitar que va siempre al ritmo del rock. The Last Waltz, No Direction Home, Shine a Light, Vynil y George Harrison: Living in the Material World son metrajes que le permitieron dar rienda suelta a sus dos pasiones.

A Martin Scorsese lo defino como un cineasta honesto, como un devorador salvaje de música, como un alma libre. Fácilmente podría convertirse en un ideal, mi ideal; pero al mismo tiempo es el hombre que resurge de sus tropiezos, que tiene mucho que enseñar, con quien pasaría horas y horas hablando de todo y nada; Scorsese es el hombre que bien podría ser mi mejor amigo.

   
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