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El nombre de su agrupación describió perfectamente lo que significa escuchar a Jimi: la “experiencia Hendrix” es un alborotado viaje por la contracultura caracterizada por el cabello largo, consumo de sustancias psicotrópicas y enormes tumultos de personas que se congregaron para manifestar su descontento y un exacerbado grito de amor y paz.

Pero James Marshall Hendrix, guitarrista desde los 15 años, alcanzó con ayuda de su Fender Stratocaster y su particular perfil zurdo, un lugar en el salón de las leyendas del rock. A pesar de solo cuatro años de trayectoria, es ineludible dentro de la música. Deleitarse con Purple Haze, Hey Joe, Foxy Lady, y The Wind Cries Mary; representa solamente la bibliografía básica del artista nacido en Seattle.

Su guitarra representó una innovación; una nueva forma de hacer tronar la guitarra para la obtención de nuevos sonidos, por consecuencia, nuevas sensaciones. El mérito es proyectar una mayor carga de saturación y ganancia al amplificador, de tal modo, que transformaba el blues y el rock en algo más violento, excesivo, provocador en muchas formas.

Su música incita a liberar el cuerpo y dejarse llevar por los gritos y escupitajos de su Stratocaster blanca. Al mismo tiempo, su voz grave y seductora te arrojaba dentro de su éxtasis; los conciertos de Jimi Hendrix eran un trance grupal, donde el uso de pedales como el “wah wah” y un largo solo son representados gráficamente con una fumarola de colores que dieron paso a una fiesta psicodélica sin precedentes.

Cuando escuchen a Jimi Hendrix, será inevitable hacer la figura de la guitarra imaginaria y emular tocar con enorme pasión. Su figura de botas, pantalones acampanados, chaleco, banda en la frente, enorme afro, y un rostro orgásmico por la forma de ejecutar notas con rapidez, representa un antes y después en la historia de la música.

   
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