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Siempre es difícil escribir sobre un evento que has vivido más de una vez, se multiplica por 100 cuando ese evento es un concierto de Roger Waters. Dos años después de su concierto en el Foro Sol el líder de Pink Floyd regresa a la Ciudad de México con su tour Us + Them al Palacio de los Deportes.

El concierto Waters inició temprano, como las mejores fiestas. ‘Breathe’ sonó antes de que el reloj diera las 9:30, el coro de 16 mil personas rugió como si fueran 50 mil. Waters le dio peso a The Dark Side of the Moon y The Wall en el primer tercio del concierto; el inicio, aunque potente, olía a fórmula, a Roger Waters entonando los himnos sagrados del rock psicodélico de los setenta, sin más ni menos.

Sí, hubo momentos de alarido con clásicos como ‘Welcome to the Machine’, ‘Wish you were here’, ‘The Great Gig in the Sky’ o ‘Another Brick in the Wall Part 2’, pero no fue hasta después  de que el músico anunció el intermedio de 20 minutos que el pandemonium dio inicio. Después de la inusual pausa (un descanso extrañamente largo), el despliegue técnico y artístico de Waters comenzó. Nadie, escúchenme bien, nadie, ha vestido el gris y obsoleto Palacio de los Deportes como lo hizo Waters.

Para aquellos que tenemos a Animals en la cima de la discografía de pink Floyd, el inicio de la segunda parte del concierto fue insuperable, ‘Dogs’ y ‘Pigs’ sonaron adornadas con un escenario imposible a la mitad del recinto. Fábricas, cerdos y humo; todos los símbolos más ancestrales de Pink Floyd estaban ahí.

Pero el in crescendo no solo fue técnico, también artístico. En vivo, Waters siempre me  ha parecido un frontman lúcido y coherente, me fascina que no trate de ser el centro de atención, el ex líder de Pink Floyd nunca ha sido un músico virtuoso ni mucho menos, su genio está en la creación del concepto, en liberar las hermosas hadas que habitan en su cerebro y él lo sabe. Así logra que su banda luzca y que su espectáculo brille intensamente.

‘Money’, ‘Us and Them’, ‘Brain Damage’ y ‘Eclipse’, continuaron con el ritual musical, acompañado por un espectáculo épico. El equipo de ingenieros del bajista montó un juego de luces que simplemente no se podía creer. Ningún recinto, es impedimento para que el músico y su staff hagan magia.

El  buen sonido y el Palacio de los Deportes siempre han estado divorciados, mentiría si les dijera que no extrañé la pureza sonora del Waters de hace dos años en el Foro Sol, sin embargo, los técnicos del inglés se las arreglaron para que el típico “rebote” del escenario fuera mínimo, casi imperceptible.

En cuanto al mensaje político de Waters, puedo decir poco. El músico sigue siendo salvaje y honesto con su ideología, esta combinación hace que el discurso se raye lo superficial. Los policías son perros, los políticos cerdos y el pueblo bondad. Cierto, la resistencia (eje temático del concierto) es necesaria, pero tampoco debe ser trivializada en un panfleto o una frase en una manta.

Independientemente del mood político la fiesta continuó, la música (la verdadera razón por la que fuimos a ver al compositor), nunca decayó. El concierto cerró con las míticas ‘Mother’ y ‘Comfortably Numb’.

El Palacio de los Deportes no parecía ser el lugar ideal para el arte de Waters, aún así, el recital del genio se convirtió desde ya, en un hito del Palacio, una de las ceremonias más hermosas que se han llevado a cabo en la sede, por su virtuosidad técnica, por su genialidad conceptual pero sobre todo, por el eterno enamoramiento de México con la figura del genio musical.

   
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