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Era sábado por la noche, eventos por todos lados amenazaban con colapsar -más de lo normal- las vialidades de la ciudad. Como aquello que está destinado a ser, nuestro camino libre de imprevistos y sin retrasos nos llevó hasta el Estadio Azteca, a tan sólo unos pasos de distancia de Paul McCartney. Al caer la noche, una luna se asomó en el cielo para anunciar el principio de una noche maravillosa.

Minutos antes de las nueve de la noche un par de gotas comenzaron a caer, del cielo. No era sorpresa, el pronóstico del tiempo marcaba posibles lluvias. Pero el milagro sucedió, cuando Macca salió al escenario, las nubes mostraron respeto al exbeatle, y así comenzó lo que se tornaría en una noche de perfección.

No es secreto que el inglés ama a su público mexicano y no sólo nos emocionó con temas de Wings, The Quarrymen y The Beatles; durante las casi tres horas de espectáculo McCartney nos habló en nuestro idioma, con fluidez pero sobre todo con cariño. Como era de esperarse el Estadio Azteca se entregó por completo al músico.

“Olé, olé, olé, Sir Paul, Sir Paul” al unísono cantábamos. Con inocencia y queriendo demostrar reciprocidad a tantas muestras de cariño hizo sonar su ukulele al ritmo de la alabanza mexicana. Como buen Beatle, Macca es amor, sus canciones nos llevan a recordar, nos dan esperanza e incluso nos divierten.

Desde Here Today, hasta We Can Work It Out y Ob-La-Di Ob-La-Da, nos llevaron de un estado emocional a otro. Su repertorio también incluyó In Spite of All the Danger a casi 60 años de ser lanzada. Como es costumbre en Live and Let Die soltó toda la pirotecnia del show y con ello la audiencia explotó de emoción.

Es poco lo que se puede decir de un espectáculo de Paul McCartney, más allá de alguna sorpresa en el setlist. Con Paul no hay falsas promesas, él es sinónimo de calidad, de entrega total y siempre da un concierto tan largo como emotivo. Es la primera vez que veo a Sir Paul en México,como lo esperaba varias cosas sucedieron.

Después de Desert Trip, en el que también estuvo Paul McCartney, éste se consagró como el mejor concierto de mi vida, ni por un segundo dejé la euforia de lado. Lloré de emoción -nunca lo había hecho en un concierto-, grité de felicidad y más allá del fanatismo reafirme cuánto lo amo. Su carisma, su honestidad, su talento son para mi, inspiradores.

Siempre me ha gustado ver la Luna, creo que es un sinónimo de esperanza. La luz en la oscuridad, el recordatorio de nunca bajar la vista, de buscar metas en lo alto, de seguir soñando. Dicen que las mejores lunas son las de octubre, en el concierto una sonrisa tímida de tonos amarillos se posaba justo sobre el escenario. El satélite fue testigo de una noche perfecta, mi noche perfecta. Mientras tanto, Paul se elevó como la estrella más brillante de la noche.

Octubre terminó, con él mi época favorita del año. No me queda tristeza, quizá en algunos meses sentiré un poco de nostalgia, pero ya vendrán nuevas lunas, en un año regresará la época de festivales y buen cine, aún tengo algunos días para desayunar café y pan de muerto.

No me quedan reclamos, disfruté de toda la parafernalia que implica un concierto, la emoción al ver la fecha anunciada, los nervios de conseguir los boletos en cuanto empieza la “preventa”, el conteo regresivo, las más de dos horas de canto, incluso la torpeza del regreso a casa.  Todo fue perfecto y sé que lo volveré a vivir no sé si en México o en qué lugar del mundo, pero lo haré.

 

   
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