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Fotos: Mariana Mondragón

Estaba listo para que George Garzone me enseñara de la mano de su saxofón y su talento todo lo que había mencionado en su masterclass. El centro cultural Roberto Cantoral era un coliseo digno para que más de 200 personas jugaran el papel de emperador y gozaran del espectáculo, o quizá lo contrario.

Los asientos le daban un realce de modernidad al recinto, los colchones eran de un rojo vivo y las bases barnizadas para que parecieran madera, los lugares rodeaban el centro en donde iba a crearse la música. El cuarteto de George Garzone sería observado desde todos los ángulos, desde arriba hasta abajo, de izquierda a derecha.

George Garzone, “el emperador del sax”.

El público conversaba con sus acompañantes, compraban bebidas para disfrutar durante el concierto. algunos niños, porque eran pocos, eran consentidos por sus padres con un vaso grande de palomitas; los jóvenes estaban en busca de inspiración para iniciarse en la música profesionalmente. Todos estaban vestidos para estar a la altura de la elegancia del lugar.

Se anunció la ansiada tercera llamada y aparecieron en fila: George Garzone con su saxofón tenor de color plateado con el que había tocado en la masterclass; detrás estaba el trompetista Phil Grenadier con la sonrisa que le caracterizó en todo momento; después, los experimentados Luther Gray y John Lockwood, baterista y contrabajista. todos recibidos de un cálido aplauso que daba una bienvenida con grandes expectativas.

El concierto fue una conversación larga, no verbal, sino instrumental. Garzone había explicado horas antes que el jazz era un juego de basquetbol. Estaban tocando como un equipo, andaban por su cuenta y cuando no podían pasaban el balón, aparecía en escena Phil Grenadier que auxiliaba a su compañero, ambos estaban bajo la base de la batería y el contrabajo.

Noches de jazz en el Roberto Cantoral.

Sus piezas estaban llenas de ritmos diferentes que cambiaban de un momento a otro, existía una sincronía de reloj suizo infalible, cada compás era tan exacto como clavadistas profesionales, con la misma concentración en cada uno de los músicos. además, había otra cosa que los distinguía y tenía al público con pies y cabeza brincando al son de la música.

Entre los artistas no existía miedo a equivocarse, en realidad era absoluta felicidad que se transmitía en melodías y ritmos que ponían a mover a los espectadores. Garzone aseguró en la masterclass: “esto se trata de estar felices, si yo lo estoy, ustedes también lo estarán, si no soy feliz, tampoco ustedes”. Eso se reflejaba en una variedad sin fin de fraseos en una sola pieza.

Los metales resuenan en la CDMX.

Eran tantas explosiones, cambios de ritmo, improvisaciones, que el free jazz se presentaba en su máxima expresión, totalmente libre, como lo explicaban en la clase, el objetivo del género es “jugar con las reglas” no se necesitan hacer cosas complicadas, cuando tocaban se olvidaban de la abrumadora teoría, se desenvolvían como si estuvieran solos.

Luther Gray y John Lockwood eran polos opuestos dentro de un mismo conjunto: mientras las notas graves emitidas por el grosor de las cuerdas del contrabajo le daban la base armónica, al mismo tiempo bajaba la tensión de la música, la llevaba a otro lado de apreciación, en donde todo era lento, tranquilo, con un matiz romántico que acompañaba las luces rosas que los iluminaban.

Un equipo de ensueño.

Garzone y Grenadier obedecían el bajón y soplaban más lento, atenuando al público, algunos aprovechaban para convertir el concierto en una velada romántica con su acompañante, otros utilizaban el sillón para recostarse, ahí aparecía el giro de Gray con la batería verde oscuro con degradado negro. Apoyado de sus cuatro platillos hacía estallar la tranquilidad para incitar la emoción y una alegría desbordada.

La pasión se desataba cuando Garzone se exigía al máximo para mover sus dedos y cambiar de notas a toda velocidad y sostenerlas por más de cinco segundos al máximo volumen, todo su torso se inflaba en esos pequeños lapsos que tomaba aire,  en el concierto llevaba un saco, pero recordé que en la masterclass observé como sus tendones del brazo derecho se estiraban al máximo, en sus descansos estiraba la mano derecha, abría y cerraba el puño.

Melodías en la oscuridad.

Todos disfrutaban de escuchar a sus compañeros, sobre todo Phil, que se extasiaba tanto como el público de presenciar la entrega de Garzone, después le correspondía el discurso sacando las mejores frases que tenía, llegando a punto de enrojecer su rostro, sin embargo, no paraba de sonreír, de agradecer, de moverse libremente en el stage como su música lo hacía durante el concierto.

Hasta pronto Garzone.

Su gusto de estar ahí se mostraba también a la hora de hablar, Garzone sólo nombró dos piezas de las seis que presentó, la primera era “Peace” con la que envió un mensaje de paz, y “Soul Ice” para terminar el concierto, pero tras una extensa ovación por parte del público el cuarteto se animó a tocar la típica “otra”.

El concierto de “George Garzone y Phil Grenadier Quartet” muestra lo más importante de la música: tocar para uno mismo, por amor a la expresión, de esa manera se alcanza lo que se quiere llegar a ser. Todo el público se fue feliz, testigos una promesa cumplida que el saxofonista hizo en una hora de masterclass y en dos de presentación: deleitarnos con sus sentimientos.

   
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